La inauguración de “Patria común. Delibes ilustrado” en el Museo ABC se convirtió en un punto encuentro para los amigos de Miguel Delibes. Uno de ellos, Jesús Marchamalo, tuvo la suerte de conocer al escritor y compartir con él momentos y charlas, así como una correspondencia que le permitió descubrir a un Delibes cercano y divertido.

El escritor y periodista nos ha prestado este texto -originalmente publicado en su blog- para que podamos compartirlo en el blog del proyecto.

¡Muchas gracias, Jesús!

Nos acercamos, un poco más, a la persona que fue Miguel Delibes.

Conocí a Miguel Delibes en el año 2000. Acababan de concederme el Premio Nacional de Periodismo que lleva su nombre -un honor- y el día de la entrega, en Valladolid, me acerqué a saludarle junto con algunos de los miembros del jurado.

Conservo como un tesoro esta foto, en su casa, mientras tomábamos café, junto a esa pequeña teckel, no recuerdo su nombre, que andaba por allí enredando zalamera. Me contó que la habían llevado de caza, por primera vez un par de días antes, y que vivía la modesta gloria de haberle mordido la oreja a un jabalí.

Recuerdo que le llevé, para que me lo firmara, su deslumbrante “El hereje”. Acababa de leerlo, y estaba todavía sobrecogido por aquella historia de incienso y chamusquina, inolvidable, en la que me firmó esta dedicatoria:

Nos escribimos después durante casi diez años. Cartas, recordatorios, notas que cruzábamos cuatro o cinco veces al año –las suyas casi siempre escritas en tarjetas en las que pegaba directamente el sello- y que me permitieron ir descubriendo a un Delibes siempre cuidadoso, comprometido, lúcido de esa lucidez a veces justificadamente desesperanzada, y también cariñoso, ácido y divertido.

Tenía una letra, Delibes, endiablada y algo indescifrable, picuda y comprimida, con un ligero regusto casi de recetario médico y que nos encantaba en casa interpretar. Guardo todas sus cartas en un álbum y el otro día me sorprendí releyéndolas, como quien mira viejas fotografías.

La última vez que nos vimos fue en noviembre de 2009. Quedamos en un banco, cerca de su casa, a medio camino del paseo que daba cada mañana con su hija Elisa. Le llevé un ejemplar de mi libro “39 escritores y medio”, que acababa de publicar, y que está a él dedicado, y estuvimos un rato allí sentados, bajo un sol invernal arrullador como el de las convalecencias, abrigados y sonrientes.

Nos despedimos para siempre en el portal de su casa. Le vi subir una rampa que llevaba hasta los ascensores, despacio, y desde allí alzar la mano en un gesto de adiós mientras decía: “Suerte, Marchamalo, con tus cosas”.

Acaba de cumplirse el tercer aniversario de su muerte, en marzo de 2010, y me ha encantado, otra vez, recordarle. Tan generoso, tan socarrón, tan entrañable e inolvidable. Don Miguel.